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El reflejo del agua

  • escrituraupmijas
  • 15 ene
  • 2 min de lectura

El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona Sur de la gran llanura no acababa de llegar, y mientras esperaba fue imaginando como sería su viaje. Ella no era diferente al resto, pero igual que todos, ella era especial. Desde la megafonía de la estación, anuncian que el tren se retrasa varias horas. Con las manos en los bolsillos se dirigió hacia el bosque, cabizbaja, pensativa.

El cielo se tornaba de colores, el violeta se mezclaba con el intenso naranja del atardecer. El viento traía olores de pino mezclado con suaves toques a tierra mojada. A lo lejos escuchó el aullido de un lobo que hizo erizar su piel y dar un paso atrás. Se quedó quieta un instante contemplando el paisaje, pero no tenía tiempo que perder, si quería sobrevivir a una noche como aquella tendría que protegerse del frio. Como si alguien la empujase desde atrás, dio un paso, después otro y, así muy despacito y en completo silencio, fue adentrándose en el bosque.


Andaba tranquila, iluminada por el reflejo de la luna llena que permitía observar todo en busca de un lugar donde cobijarse. No quería adentrarse mucho en el bosque, pues no quería perderse. Mientras caminaba, observaba el paisaje y en cada paso descubría cosas curiosísimas. Le pareció ver peces volando fuera del agua, vio como un árbol sacaba las raíces de la tierra para que ella tropezase y vio cómo, de repente, ante ella se abría un camino que solo al caminar despacio y observando atentamente podrías descubrir. A lo largo del camino las flores bailaban tango con las raíces fuera de la tierra y cambiaban de pareja a cada paso. Miraba sorprendida, pero a la vez, algo en ese escenario le hacía sentirse cómoda.


De pronto, empezó a llover, y como nada era normal, la lluvia tampoco, pues llovía del suelo al cielo. Se frotó los ojos, pensando que todo era fruto del cansancio. Le temblaban las piernas, pero tenía que resistir aún necesitaba un refugio, aunque después de lo que había visto, igual refugiarse no era buena idea. Aun así siguió caminando, era valiente y tenía la resistencia necesaria para llegar a su destino, aunque aún desconocía cuál era.

El bosque empezaba a espesarse más y junto a un árbol milenario descubrió una grieta en la roca de la montaña. Sin pensarlo dos veces se adentró en ella, y descubrió una fantástica cueva. Desde fuera solo se apreciaba una pequeña abertura, pero al entrar, las enormes paredes estaban repletas de estalactitas de colores. Un lago bordeaba la cueva y, junto a él, un camino iluminado por los destellos de piedras preciosas que lo bordeaban.


Al otro lado de la cueva, aparecía un mundo parecido al que dejo atrás y a la vez completamente diferente. Se sentó contemplando su imagen en movimiento sobre las aguas, intentando descubrir que mensaje quería darle.



Y colorín colorado, este cuento aún no ha terminado.....




Ester Santana Jiménez

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