Viaje accidentado
- escrituraupmijas
- 15 ene
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El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas
en la zona sur de la gran llanura no acababa de llegar. En la estación esperaban con inquietud familiares y amigos de los viajeros. Entre ellos destacaba una pintoresca comitiva que no se sabía si eran cómicos, actores de alguna película con sus ropajes de época o simplemente se habían vestido así para dar alguna sorpresa a los recién llegados. El que parecía el director de aquel espectáculo daba órdenes confusas. Detrás de todos ellos, grandes cajas y baúles descansaban sobre una especie de carromato.
Llevaban horas esperando, pacientes al principio, pero el frío y el viento iban menguando su resistencia; sobre todo una pareja de ancianos que cogidos del brazo recorrían arriba y abajo el andén. Empezaba a oscurecer y el cielo se iba cubriendo de nubes que amenazaban tormentas. Unos entraban en la minúscula sala de espera, aunque todo estaba ocupado porque no sólo eran los que esperaban a los viajeros que llegarían, sino que otros empezarían allí su viaje.
La pareja de ancianos dejó su paseo e intentaron entrar también a refugiarse. Alguien les cedió su sitio y estos, agradecidos, sacaron un pequeño bandoneón que llevaban a la espalda. La música calmó los ánimos. Los más jóvenes bailaban y todos escuchaban con atención los sonidos que aquellos pequeños instrumentos emitían. Era una música que los envolvía y les hacía olvidar las preocupaciones y el cansancio.
Una joven, María Antonieta, seguida de un pirata entraron por la puerta. Se cogieron por la cintura y al son del tango que sonaba lánguido empezaron su baile. Se hizo un corro que parecía imposible, todos se pegaron junto a las paredes. Los bailarines eran como si fueran los únicos que estuvieran en el concurrido espacio. Era una escena entre cómica y tierra a la vez, pero todos los presentes admiraron la destreza con la que se movían. No eran aficionados, así como tampoco lo eran los dos músicos.
Por el altavoz dijeron que el tren no tardaría en hacer su entrada, que tuvieran listos los equipajes y fueran colocándose ordenadamente algo que, por otra parte, parecía imposible. Pasada media hora llegó el esperado convoy. Algo ocurría porque no se veía a los pasajeros asomados a las ventanillas. Las puertas estaban cerradas
al llegar a su destino. El jefe de estación se acercó con cautela donde el maquinista:
—¿Qué pasa, por qué tanto retraso?
Éste estaba pálido. Tartamudeando le pidió que subiera al primer vagón y lo que vio le dejó impactado. Con gran esfuerzo le fue explicando que en la última estación donde habían parado para cargar más carbón, varios pasajeros a pesar del frío y la nieve bajaron a estirar las piernas. Dos lobos solitarios que merodeaban alrededor del apeadero buscando comida atacaron a varios de ellos. Dos murieron y había varios heridos. A eso se debió el retraso. Con tanto hielo el telégrafo tampoco funcionaba y no se pudo dar aviso.
Así terminó aquel viaje. Los que llegaban, hambrientos y asustados, y los
que se iban tuvieron que quedarse a pasar la noche como pudieron.
Ana




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