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La función siempre estará

  • escrituraupmijas
  • 15 ene
  • 3 min de lectura

El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona sur de la gran llanura, no acababa de llegar. Oscar Linde, director del teatro local, esperaba con impaciencia en la estación el tren que traía a la compañía de baile y que iba a estrenar la obra escrita por su hijo. La intensa nevada del día anterior obligó a retrasar el viaje un día, y hoy era precisamente el día del estreno.


—Acércate a las oficinas y pregunta si el tren viene a su hora, no me gusta nada el color que va tomando el cielo. -Dijo Oscar a Pepe, su joven ayudante que siempre le acompañaba.


—Sí, Don Oscar, ahora mismo.

           

Oscar había luchado mucho por traer a su teatro, a su ciudad, esta obra musical y más tratándose de la primera obra de tal naturaleza escrita por su hijo. AL principio, cuando lo planteó a su equipo de trabajo, notó cierta resistencia. Manuel Ortiz, quien hacía las veces de secretario y a la vez crítico literario de las obras que se estrenarían en el teatro, veía cierto favoritismo o interés personal del director por tratarse de su hijo, pero las suspicacias fueron siendo superadas y se aprobó traer esa función al teatro local.


—Don Oscar, me dice el jefe de estación que el tren estará aquí en 15 minutos.


—Bien, Pepe, gracias. Vamos adentro que aquí hace un frío que pela. Has los lobos huirían de aquí.

           

Eran ya las doce del mediodía, y la temperatura debería rondar los -2º/-5º, más o menos. La suave brisa que venía de las montañas hacía que la sensación fuera de más frío aún.

           

Oscar y Pepe se sentaron en un rincón de la estación junto a un ventanal desde el cual podrían ver llegar al tren. Pensó todo lo que había luchado por conseguir ser el director del teatro, el que él consideraba su teatro. Ya desde niño solía acompañar a su padre, quien trabajaba como tramollista, y así poco a poco fue conociendo no sólo todos y cada uno de os rincones y secretos que encerraba el teatro, sino a los muchos actores y actrices que fueron pasando por ese escenario.

           

Y ahora se sentía orgulloso de ver a su hijo dirigir su propia obra en su teatro, y no quería que los nervios de los últimos días crecieran más de la cuenta.

           

El silbato aún lejano del tren le despertó de sus pensamientos. El jefe tenía razón. El tren sería puntual. Minutos después una vez detenido el tren en el andén, empezaron los pasajeros a bajar y a reencontrarse unos con sus familiares que nerviosos esperaban, otros simplemente iniciaban un andar como con prisas, y Oscar vio a su hijo y se fundieron en un abrazo.

           

No había tiempo que perder. En siete horas se levantaría el telón y la función habría de empezar, así que todos marcharon sin dilación hacia el centro de la ciudad, donde les esperaba el teatro.

           

Todo fue muy rápido; llegar al teatro, distribuir todo el atrezo, preparar el escenario, comprobar decorados, pruebas de sonido, maquillajes, vestuarios.

           

Oscar no había vivido una situación tan estresante como esa. Y llegó la hora. Todo estaba vendido. No cabía un alfiler.


—¡Mucha mierda! -dijo Oscar a su hijo tras bastidores.

           

            Y se alzó el telón……. Hora y media después se bajó el telón.

 

A tenor de la respuesta del público la obra musical había gustado mucho. Padre e hijo lo celebraban con miradas cómplices.


Ya en la tranquilidad que daba una mesa con una buena botella de vino, ambos comentaban lo que acababan de vivir. El hijo hablaba y hablaba sin parar, el padre escuchaba orgulloso y le vino a la memoria aquella vez que su hijo cuando rondaba los diez años y estando en el teatro con su padre viendo unos ensayos de un ballet, le dijo: Papá, algún día yo bailaré un tango mejor que nadie.

 

 



Feli Leiva

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