La madre de Mónica
- escrituraupmijas
- 15 ene
- 2 min de lectura
El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona sur de la gran llanura no acababa de llegar como era habitual, hasta el punto de que cuando por fin apareció, las pocas personas que estaban esperando miraron hacia el cielo dando gracias. Mónica no miró hacia arriba sino hacia las ventanas del tren buscando a su mejor amigo, Pablo, que fue el único que ofreció resistencia para poder quedarse en la antigua escuela de tango. No le sirvió de mucho, al poco tiempo, el centro de baile fue cerrado por la Policía Local. Según ellos era un local de vicio y gastaba mucha luz. Cuando lo vio, no pudo apartar la mirada de sus ojos risueños y amables. El abrazo fue intenso y provocó que se le cayeran los sombreros de piel de lobo que ambos llevaban y que les había regalado el dueño de la granja de vacas, campeón durante varios años de las competiciones de tango de la provincia. Recogieron el gorro y salieron corriendo hacia el coche acarreando la gran maleta de Pablo.
El trayecto hasta la casa fue lento, pero no importaba, los dos estaban muy contentos y no paraban de hablar y reír. Ella preguntando todo lo que se le ocurría y él dando respuestas evasivas, no solía fijarse en nada que no fueran detalles de pasos de baile mal dados. Pero Mónica lo conocía y seguía con el interrogatorio, le hacía gracia que él no tuviera ni idea de la vida privada de ninguna pareja.
Ya en la casa, delante de la chimenea, tomándose un trozo de pastel y una copa de aguardiente, él sacó de la maleta una carta que le había entregado la madre de Mónica. Llegó corriendo a la estación de tren para dársela poco antes de que Pablo subiera para marcharse.
—Mi madre no pierde oportunidad de escribir —dijo ella—, como si no habláramos cada día por teléfono. Luego la miro…qué cansina se pone.
—No llames cansina a tu madre. Está preocupada y tiene motivos. Habló con el inspector de la zona y le dijo, y esto me lo ha dicho para advertirme: «Que estaban pensando los de la comisión que el presupuesto para la escuela de artes y oficios habría que ponerlo a disposición de la nueva junta administrativa». Por lo tanto quedas informada de que peligra nuestro proyecto y que, tal vez, sea mejor marcharnos a otras zonas más interesadas en aprender.
Le cayó mal a Mónica ese comentario. Tal vez Pablo había perdido la confianza y el empuje, pero ella no podía dejar de intentarlo. No todo podían ser vacas en aquel lugar. Ella quería que hubiese otras salidas para la gente joven con intereses culturales. Pablo se lo había puesto muy negro y estaba bastante desanimada. Ahora en su cuarto, metida en la cama con el móvil en la mano para revisar los mensajes, se acordó de la carta, se levantó y la recogió del salón.
Acurrucada y envuelta en el edredón que le había confeccionado su abuela, abrió el sobre y sacó una nota escasa, una cartulina ribeteada con guirnaldas dibujadas con rotulador, decía:
Trabaja para conseguir tus metas; no te rindas; eres la mejor.
Mónica se durmió rápidamente.
Ángela Sánchez Castellanos




Comentarios