La resistencia
- escrituraupmijas
- 15 ene
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El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona sur de la gran llanura, no acababa de llegar. En la estación las únicas dos personas que en esos momentos se encontraban en el andén se miraban con desconfianza. A pesar de ser vecinos de toda la vida existía entre sus familias un rencor antiguo que les obligaba a no dirigirse siquiera la palabra.
Juan Bermúdez zarandeaba de un lado para otro una maleta pequeña, de las que se usan sólo para viajes de fin de semana. En cambio, Mariano Luque no llevaba nada en las manos, pero miraba constantemente al cielo con temor. Esperaba a alguien y si caía una nueva nevada, tal vez se quedara la vía inutilizada, como ocurrió días atrás y la pasajera que él debía recoger no llegara nunca.
Su mujer se lo había dejado bien claro: es una mujer de menos de treinta años, de estatura media y pelo recogido en un moño. Llevará un abrigo color verde oscuro y guantes de piel negra. De todos modos Mariano no creía que se apeara mucha gente del tren.
Cuando por fin se detuvo el convoy, Juan Bermúdez se apresuró a subir, mientras que la mujer descendía con la cabeza mirando los peldaños. En un breve instante sus miradas se cruzaron y a Mariano le pareció intuir que ambos se conocían. Al poco desechó la idea por estúpida. Aunque Bermúdez iba con frecuencia a la ciudad por negocios no es probable que conociera a una prima lejana de su mujer que, según había oído, vivía en Francia.
Luego ella se dirigió a donde estaba Mariano y se presentó.
-Soy la prima Julia. Tú debes ser Mariano. Un gusto conocerte.
Después, ya en casa, tuvo tiempo de tratar a la tal Julia que, además de ser muy guapa y estar muy bien educada, se esforzaba por no dar trabajo en casa. Aunque resultaba algo extraño su negativa a ir al centro del pueblo o a conocer a otras personas. Por otra parte su mujer se comportaba de forma extraña y más de una vez se callaron bruscamente al entrar él en la habitación.
Ya llevaba en casa la prima Julia dos semanas cuando se presentaron en la puerta dos policías que decían tener un chivatazo de que en ese lugar se escondía una célula de la Resistencia. Mariano los despachó con palabras destempladas y se escandalizó de dichas insinuaciones. Era cierto que al pueblo había llegado la noticia de lo del atentado de Biarriz. Pero eso les quedaba a ellos muy lejano y sólo lo oyó sin prestar apenas atención. No quería de ningún modo que el mundo convulso en el que vivían otras personas se colara por las rendijas de su puerta y les destrozara la vida.
Sin embargo, el incidente de la policía lo puso en alerta y cosas que antes dejaba pasar sin más ahora le despertaban sospechas. La tarde en que escuchó voces en el granero terminaron de confirmar todos sus temores. Abrió la puerta de par en par y se encontró con una reunión clandestina de hombres y mujeres que hablaban de luchar por la libertad perdida y por los derechos civiles. Mariano gritando de indignación dijo que los denunciaría a todos, aunque entre ellos estuvieran su mujer y la prima Julia. Un hombre alto, de piel ajada y manos nudosas al que llamaban Tango trató de convencerlo y hacerle ver la necesidad de la lucha. Pero justo en ese momento irrumpieron en el local las fuerzas del orden guiadas por Juan Bermúdez que disparaban a diestro y siniestro. Mariano vio como un policía apuntaba al lugar donde, agachadas, se escondían su mujer y Julia. Y eso no podía permitirlo. No tenía ideas altruistas pero lo que no permitiría es que esos bellacos -Juan Bermúdez entre ellos- capturaran o mataran a alguien de su familia. Se interpuso en la trayectoria de la bala y aulló como un lobo cuando esta entró por su costado. Pero con esa acción logró distraer al policía del lugar donde se escondían las dos mujeres. Al abrigo de la noche los miembros de la Resistencia se dispersaron por los campos. Mariano no pudo huir.
Pero tenía guasa que él que ni siquiera comulgaba con las ideas revolucionarias fuera la única víctima de la redada. Para los camaradas quedaría como un héroe.
Anónimo




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