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La suerte viaja en tren

  • escrituraupmijas
  • 15 ene
  • 2 min de lectura

El tren de pasajeros que unía las poblaciones ateridas por las heladas en la zona sur de la gran llanura no acababa de llegar. Eran las seis de la mañana, Gisela cargaba con su bebé de apenas nueve meses. Lo llevaba bien abrigado, pegado a su cuerpo, y dormía plácidamente escuchando los latidos acelerados del corazón de su mamá. A su lado, una pesada maleta en la que había reunido todos sus recuerdos y sus esperanzas, más algo de ropa para los dos.


El cielo era gris y hostil. El frío se dejaba sentir con intensidad, adueñándose de todo y de todos. El rugido del tren se escuchó a lo lejos. Todos salieron de su letargo y se pusieron en modo alerta para subir rápido. Gisela agarró fuerte su maleta que parecía no ofrecer ninguna resistencia y en cuanto el tren se detuvo, subió y buscó un lugar para acomodarse. El bebé seguía dormido y ella respiró profundo. A su lado se sentó un señor mayor. Tenía arrugas marcadas en la cara. Transmitía paz. Bebía mate y sonaba un tango en su pequeña radio. Miró al bebé y preguntó:


¿Cómo se llama?


Lobo, se llama Lobo.


Curioso nombre.


Se llama así porque tendrá que enfrentarse a muchos retos en su vida, pensé que necesitaría un nombre poderoso. No tiene papá que le proteja.


Y, ¿a dónde vas?


Lejos, muy lejos de aquí. Donde la vida sea un poco más cálida.


Eres muy valiente, muchacha.


No lo crea, señor, tengo miedo. Miedo a vivir. Pero también a morir. Él me hace huir y quizás sea quien me salve. El papá de Lobo nos quiere matar, es un sádico, no tiene escrúpulos, no acepta que le deje. Iremos muy lejos, donde nunca nos encuentre.


¡Ay! Muchacha, yo te puedo ayudar. Vivo en Buenos Aires, tengo un pequeño departamento, podrías quedarte mientras lo necesites. Yo estoy viejo y solo, y no me vendría mal un poco de compañía con un Lobo correteando por casa.


La cara de Gisela se iluminó, esbozó una sonrisa y dijo:


Lobo, la suerte nos acompaña.




Carmen L.O.

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